LA LINDE, nº 3-2014.

Editorial:

 

CONSTRUYENDO MEMORIA SOCIAL

 

 


La memoria individual y colectiva es un ente frágil y si no se cuida, motiva y fortalece puede quedar abocada al olvido. La memoria de “lo ocurrido”, del pasado, puede ser silenciada por un poder o un grupo (con poder), ser incluso reprimida y muchas veces manipulada. En ocasiones, el mismo colectivo al que pertenece puede negarla o aparcarla como manera de evasión o de protección ante “recuerdos” difíciles de asumir. Pero los hechos -- a los sociales nos referimos--, siempre vuelven: disfrazados, desvirtuados, desnudos, cargados de nuevas problemáticas o significaciones… Por ello, para el avance de las sociedades, es imprescindible diseñar identidades sociales, construir una “memoria social”. La amnesia, por el contrario, permite que una y otra vez se manifiesten y se generen fenómenos sociales defectuosos, cuando no perjudiciales.


La memoria social no es en sí historia. De hecho la ortodoxia de la Historia huye como de la peste de la memoria, pues en ella pueden tener cabida recuerdos reinterpretados más o menos alejados de la “realidad” (si es que existe una única realidad), lagunas o incluso falsedades (intencionadas o no). Sin embargo, diversas voces en el colectivo de los historiadores reivindican desde hace unos cuantos años la memoria, no sólo como fuente de la Historia (algo que es innegable) o como objeto mismo de estudio, si no como objetivo final del quehacer diario de nuestra profesión. Un fin que va más allá del registro, catalogación y producción de un discurso histórico objetivo y verdadero.


El historiador puede ultrapasar el viejo oficio de cronista para tomar una posición activa y, por ello, social y políticamente comprometida, crítica, en palabras de Dominik La Capra, que en ningún momento dé por finalizado la producción de ese discurso histórico.


Como este mismo autor y la socióloga Elilzabeth Jelin remarcan en sus estudios, los fenómenos sociales (los mismos que estudiamos los historiadores y analizan otros profesionales de las ciencias sociales) no nacen, crecen, se reproducen y mueren languideciendo en una línea del tiempo recta (y sin salirse del camino) hasta alcanzar su fin y pasar, a partir de ese momento, a ser “Historia”, que podrá ser reconocida y objetivamente interpretada. Al contrario, los hechos del pasado mutan, como los organismos biológicos, para producir fenómenos semejantes, pero con nuevos matices, se acercan a la linde y, lo que es más importante, se reinterpretan en su devenir.


Y es aquí donde de nuevo entra en juego la memoria social. Aunque para algunos les pueda resultar incómoda, más nos vale aliarnos con ella, si aspiramos a jugar un papel social activo, más allá del erudito que acumula conocimiento.


Se puede asistir como espectador o intervenir en aquella reinterpretación que del pasado lleva a cabo la Sociedad y fija en su memoria. El pasado, el conocimiento del pasado, puede y debe informar al presente, aportando valores, afectividad y no sólo asepsia (La Capra, 2005).


El trabajo del historiador puede colaborar en la construcción de la “memoria social”. Una memoria que se aleje de agresiones, que desde la razón pueda dar legitimidad a una acción, una reivindicación y, en consecuencia, un nuevo giro en el desarrollo no lineal de un fenómeno social. Una memoria que tras ser interiorizada pueda devenir en un identificador social.


Es, sin lugar a dudas, en los temas relacionados con hechos traumáticos donde la construcción de la memoria social es más evidente y donde los trabajos de los historiadores son más abundantes (o casi únicos). Es el ámbito de investigación de la Memoria Histórica. No obstante, como bien sabemos los arqueólogos, el pasado genera huellas (evidencias, rastros) de todo tipo y de la más variada temática, que pueden degenerar en residuos, como el humo de un motor de combustión, o en hechos a sumar a la memoria colectiva si se sitúan en su contexto, se interpretan y se resignifican en función de las motivaciones y condicionantes de los individuos del presente.


Por mostrar sólo un ejemplo, en el pasado más reciente hemos vivido en España una profunda y en ocasiones irreversible transformación de nuestro territorio, sobre todo en los ámbitos urbanos. Si llevamos a cabo un análisis de la reconstrucción histórica de aquello que hace tan sólo unas décadas atrás existía podemos ser conscientes de lo afirmado al principio: la fragilidad de la memoria, la desmemoria e incluso la actuación deliberada de ocultación de la memoria. En Valencia, donde escribimos estas líneas, un paisaje rural de huerta ha sido sustituido por otro urbano. Acequias, caminos, alquerías, barracas, molinos hidráulicos, parcelaciones… han sido eliminados delante de nuestros ojos. Lo que una o, a lo sumo, dos generaciones atrás conocieron ya no existe. No decimos esto porque estemos en contra del desarrollo urbano, eso sería absurdo (aunque hay que reconocer que algunos proyectos de urbanización han sido innecesarios). Ni únicamente porque con la eliminación de este paisaje se haya perdido la oportunidad de documentar todos esos elementos que se fueron gestando desde la época medieval hasta hace solo unas décadas. Manifestamos este hecho, fundamentalmente, porque la memoria colectiva prácticamente se ha perdido.


La sedimentación y complejos mecanismos de estratificación eliminaron muchas generaciones atrás la localización de una villa romana o una alquería islámica. Sin embargo ¿cómo se llamaba aquella barraca que veía todos los días cuando iba a la Facultad? ¿Quedaba más o menos por esta zona? ¿Y aquel molino junto a la acequia donde se reunían los mayores del barrio para contar pasados sólo algo más pretéritos? Han transcurrido poco más de dos décadas, en algunos casos menos todavía, y ya no nos acordamos. Y esto es debido a que nada se ha mantenido para que se evoque la memoria, pero, sobre todo, a que no ha existido ni la más mínima intención de sumar en la historia de esta ciudad de Valencia una capa más en esa cebolla que es nuestra memoria colectiva.
Consecuencias: una ciudad por lo general anodina, anónima, sin identidad, poco o nada sostenible, alejada de la escala y de las necesidades de confort de los humanos.


Tras una nueva evocación, una lectura con las metodologías de investigación que tenemos a nuestro alcance y una reinterpretación a la luz de las motivaciones de los ciudadanos de este siglo XXI se pueden asumir políticas activas de implicación de los profesionales, en nuestro caso del patrimonio, pero por extensión del resto de disciplinas sociales, para determinar modelos de desarrollo urbano alejados de la especulación, más habitables, respetuosos con su pasado.


Algunas ciudades han dilapidado su patrimonio. Y no nos referimos únicamente a su patrimonio cultural, histórico, arqueológico, etc., sino al patrimonio como conjunto de bienes sociales que se nos ha legado: bienes de producción económica, medioambientales, de acceso a la sociabilidad...


Los arqueólogos sabemos mucho de cómo vivían las sociedades del pasado (de las más antiguas a las más recientes), cómo eran sus territorios, sus casas, sus relaciones con los individuos de su entorno inmediato, familiar y social. Con estos conocimientos y como miembros de pleno derecho de la sociedad, nos parece un buen objetivo colaborar en la construcción de la Memoria Social.


Es este el espíritu que nos guía en la apertura de la nueva sección “Construyendo Memoria Social”. La inauguran dos buenas reflexiones de Azahara Martínez y de Miguel Mezquida relacionadas con las dificultades burocráticas que encuentran aquellos arqueólogos que trabajan en la recuperación de la Memoria Histórica de la Guerra y Postguerra Civil española.


Además de esta nueva sección, la revista La Linde sigue empeñada en abrir canales para el diálogo y la reflexión en torno a la profesión de la Arqueología. Una reflexión, en primer lugar, interiorizada, que mire sin complejos al fondo de nosotros mismos. Desde la crítica y la autocrítica se ha de intentar superar cuestiones contractuales, de praxis y gestión, éticas e incluso de los propios ámbitos de actuación de la profesión, que nunca acaban de solucionarse pasando de promoción en promoción. Tres artículos en la sección “Cómo está la profesión…” aportan experiencias en este sentido. Contamos con un contundente trabajo de la situación de la arqueología como profesión en México y dos aportaciones de jóvenes arqueólogos, uno de Italia y otro de España, que a los pocos años de abrirse al mundo laboral perciben una situación que nos es familiar para aquellos que llevamos bastantes años en “esto”. Algo habremos hecho mal para que después de más de veinte años el trabajo diario no haya mejorado sustancialmente. La entrevista a la Jefa de Servicio de Patrimonio Cultural de la Generalitat Valenciana, Consuelo Matamoros, abunda en las cuestiones relativas a la gestión patrimonial y las relaciones con el colectivo profesional.


Y para ayudar a esa interiorización nada mejor que la ayuda desde fuera de la arqueología para que alguien nos dé su opinión de cuál es la situación en la que nos hallamos y hacia donde deberíamos dirigirnos. Para ello contamos con la entrevista a la socióloga Eva Parga-Dans, una de las voces más autorizadas en estos momentos en el análisis de la Arqueología profesional en España.


Pero mirarnos sólo a nosotros mismos sería caer en el error tantas veces cometido. En la sección de “Arqueología Pública” Xurxo Ayán nos introduce mediante un documentado estudio en la problemática de qué personas o grupos sociales se han apoderado tradicionalmente del patrimonio en Galicia, cuáles han sido las motivaciones políticas y sociales que les han movido y, llegados a este momento, cuáles han sido las respuestas y las reivindicaciones de aquellos otros grupos que hasta el momento estaban fuera de las grandes decisiones del poder. Una visión que al leerlo nos parece familiar para nosotros que nos hallamos al otro extremo de la Península Ibérica. Sólo es cuestión de cambiar unos nombres por otros (de personas y de elementos del patrimonio).


En la sección “Arqueología de la Guerra Civil” continuamos aportando trabajos de documentación de base de estructuras bélicas, pero también reflexiones acerca de unos bienes que son patrimonio de todos al margen de su ideología.


Los Resultados aportados en esta ocasión vienen de la mano de la doctora en restauración Trinidad Pasies que, además de presentarnos un caso práctico, nos ayuda a reflexionar sobre la necesidad de entender la diferencia entre Restauración y Conservación (algo que, en ocasiones, se nos escapa a los arqueólogos y otros agentes del Patrimonio). También incluimos un trabajo de investigación de Andrea Moreno y Pau Olmos basado en la evacuación de un buen número de niñas y de niños madrileños que fueron desplazados en 1937 y 1938 desde sus casas hasta una colonia escolar situada en la localidad valenciana de Quart de Poblet: la alquería denominada Villa Amparo.


Agradecer, finalmente, la cálida acogida que la revista ha recibido por parte de compañeros de una y otra orilla del Atlántico.


¡¡Ante la crisis, reflexión y acción!!

 

 

En Valencia, a 29 de junio de 2014
Paloma Berrocal Ruiz y Víctor M. Algarra Pardo

 

Para iniciar una lectura del concepto y alcance de la Memoria Social:
- La Capra, D., 1994: Representing the Holocaust: History, Theory, Trauma. Ithaca: Cornell University Press.
- La Capra, D., 2005: Escribir la historia, escribir el trauma. Buenos Aires, Nueva Visión.
- La Capra, D., 2007: Historia en tránsito. México, F.C.E.
- Elizabeth Jelin, 2002: Los trabajos de la memoria. Siglo XXI, España.

 

 

 

 

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