LA LINDE, 5-2015

Arqueología Pública:

 

DILEMAS, REFLEXIONES Y POSIBILIDADES DE UNA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA QUE SE PRETENDE SOCIALMENTE COMPROMETIDA.

* Antonio Vizcaíno Estevan. Doctor en Arqueología (Universitat de València).  Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

 

2014  juny puntal dels llops 024

Los vecinos como protagonistas de la Iberfesta de Olocau, Valencia (Fotografía: http://bastidaalcusses.es/)


RESUMEN.- Este texto se plantea como una reflexión en torno a algunas de las implicaciones éticas derivadas del desarrollo de una investigación arqueológica centrada en las relaciones entre sociedad, pasado y patrimonio. En concreto se aborda el tema de los riesgos y las posibilidades que supone la contemplación y la valoración de la diversidad de discursos más allá del experto, así como las responsabilidades sociales que frente a ellos deberían asumir los profesionales de la arqueología.


PALABRAS CLAVE.- arqueología pública, enfoques críticos, patrimonio, ética, sociedad.

 

ABSTRACT.- The aim of this paper is to reflect on the ethical implications derived from the development of an archaeological research that focuses on the relations between society, heritage and the past. It particularly seeks to identify the risks and possibilities that arise when taking into account other discourses than the authorized, and stands for the social responsibilities that are to be undertaken by archaeologists.


KEY WORDS.- public archaeology, critical approaches, heritage, ethics, society.

 


Introducción: la conveniencia de un cambio de perspectiva

Una de las claves de las nuevas formas de entender el patrimonio, impulsadas desde la arqueología pública pero también desde otras corrientes surgidas en áreas afines como la antropología, es la de reivindicar la importancia de los contextos (Almansa, 2013; Frigolé, Del Mármol, 2008; Pyburn, 2009; Smith, 2006). No, no nos estamos refiriendo al contexto arqueológico, que a través del registro material nos permite hacer una interpretación global de los restos y su entorno, ni tampoco al contexto histórico, mediante el que insertamos esos restos en unos procesos y acontecimientos específicos del pasado. Hablamos de los contextos sociales, políticos y culturales en los que esos restos cobran o pueden cobrar sentido en el presente. En efecto, el patrimonio, en su condición de constructo sociocultural, se ve inmerso en toda una maraña de relaciones sociales, políticas y económicas proyectadas por agentes muy diversos que acaban dotándolo de múltiples significados. No obstante, la capacidad del patrimonio de asumir lecturas diferenciadas rara vez se traduce en una verdadera pluralidad, pues los intereses de los agentes implicados muchas veces colisionan y no todos tienen las mismas capacidades de intervención y apropiación física y simbólica, de modo que el patrimonio acaba convirtiéndose en un claro reflejo de poder, conflicto y dominación (Sánchez-Carretero, 2012; Santamarina, 2005).


Esto supone que cuando actuamos sobre el patrimonio, aún y cuando nuestro objetivo se piense exclusivamente científico, nuestras decisiones tienen una serie de repercusiones en el entorno y en las personas que lo habitan (Pyburn, 2009; Smith, 2012). El impacto puede ser positivo o negativo –o ambas cosas al mismo tiempo- según se plantee y según se mire y, sobre todo, según quién lo mire. Lo que resulta evidente es que a través de la arqueología debemos reflexionar críticamente sobre las consecuencias de ese impacto y actuar en consecuencia, buscando trabajar por el bien común (González Ruibal, 2012, p. 107). Es decir, dado que el patrimonio encarna valores de tipo simbólico, político y económico, tenemos la capacidad de influir a través de él y con nuestro trabajo en la vida de las personas, y no solo desde un punto de vista cultural y económico, que son las vertientes más frecuentemente consideradas al referirnos a la gestión patrimonial, sino también social y político. Por tanto, trabajar con patrimonio debería ir de la mano de la asunción de toda una serie de responsabilidades profesionales, pero también sociales.


Todavía hay hoy quien se aferra a una teórica neutralidad de la arqueología, defendiendo la capacidad de la profesión de actuar de manera aislada del entorno y guiándose por criterios exclusivamente científicos, en un intento cientifista de construir un patrimonio y un pasado despolitizados. Sin embargo, ni el pasado “se recupera” ni el patrimonio viene dado como herencia, sino que ambos son construidos y redefinidos socialmente (Smith, 2006). Ello no niega, en ningún caso, las posibilidades de la investigación arqueológica desde un punto de vista científico y crítico, sino que pone de manifiesto el carácter contextual de la construcción de conocimiento y de la propia definición de patrimonio. Al fin y al cabo, nuestros discursos están situados política e ideológicamente.


Esa idea del relativismo epistemológico de la arqueología se comenzó a generalizar en los años 80 de la mano del postprocesualismo y la arqueología crítica, a pesar de que algunos de los planteamientos ya habían sido apuntados en décadas anteriores (Trigger, 2008, p. 188). Por aquel entonces se hablaba de la pérdida de la inocencia política de la arqueología (Kristiansen, 1992) y se empezaba a llamar la atención sobre aquellos sectores de la sociedad tradicionalmente marginados de la interpretación del pasado y del patrimonio, para los que se reclamaban toda una serie de derechos de propiedad e interpretación (Gathercole, Lowenthal, 1990; Layton, 1989). Este cambio en el foco de atención fue clave para desafiar desde dentro de la propia profesión el carácter hegemónico del discurso oficial, generando algunas fracturas que dieron pie, poco a poco, a la defensa de una construcción del pasado y del patrimonio más diversa y comprometida. Al entender que la arqueología no podía acceder de manera neutral y objetiva al pasado, su discurso pasaba a no ser considerado el único ni el más válido, sino uno más, favoreciendo así la entrada en escena de lecturas subalternas. Abrir las puertas a esos otros puntos de vista trajo consigo muchos cambios, entre ellos convertir en objeto de interés académico los dilemas éticos en torno al patrimonio (Quetzil, Matthews, 2012, p. 2; Scarre, Scarre, 2006), lo cual, por otra parte, no quiere decir ni que hasta el momento no se hubieran levantado voces en su defensa ni que esos dilemas se plantearan solamente dentro de esas corrientes más comprometidas, sino que ahora se convertían en una prioridad.


El relevo en la asunción de este tipo de cuestiones lo han tomado en las últimas décadas corrientes como la arqueología pública o los enfoques críticos del patrimonio en antropología. Desde estos posicionamientos, y frente a una idea de patrimonio como herencia, como algo cerrado y definido de antemano, se ha defendido la concepción del patrimonio como proceso de resignificación social y cultural (Smith, 2006; Waterton, Watson, 2013, p. 550) y, por tanto, abierto a un gran abanico de lecturas y de posibilidades de interpretación y acción. En este sentido, se habla del patrimonio como “una negociación política subjetiva de la identidad, el lugar y la memoria, es decir, se trata de un momento o un proceso de re/construcción y negociación de los valores y significados culturales y sociales. Es un proceso, o, de hecho, una actuación en la que se identifican los valores, los recuerdos y los significados culturales y sociales que nos ayudan a dar sentido al presente, a nuestra identidad y al sentido de lugar físico y social” (Smith, 2014, p. 20, traducción del autor), lo que ha llevado a defender la idea de que todo patrimonio es inmaterial, en el sentido de que su importancia radica en los valores y significados generados en torno a éste y no tanto en su propia materialidad (Smith, 2006).


Efectuar este cambio de perspectiva obliga a contemplar las implicaciones sociales, políticas, económicas e identitarias de la construcción del patrimonio y del pasado, así como las narrativas que estas generan y que van necesariamente más allá del discurso hegemónico o autorizado (Smith, 2006), íntimamente ligado al discurso experto. Pero no solamente obliga a contemplarlas, sino también a hacerlo con rigurosidad, entendiendo que este campo de acción y reflexión en torno al patrimonio y el pasado es igual de legítimo que cualquier otro de nuestra disciplina –además de constituir un aspecto clave para su futuro- y requiere de consideración, respeto y, lo más importante, formación, algo que en España todavía no ha empezado a darse, al menos en arqueología. Es más que probable, de hecho, que a algunos pueda parecerles que todo esto tiene más bien poco que ver con ella. Sin embargo, parece una cuestión clave si de verdad nos proponemos asumir un compromiso tanto con nuestra propia profesión como con la sociedad.


El compromiso social a menudo se asocia en arqueología al desarrollo de proyectos centrados en el trabajo de campo, principalmente en la excavación, que es concebida como una plataforma adecuada para la participación ciudadana. A través de esas prácticas se pretende, por ejemplo, hacer partícipe a la comunidad local de su propio pasado, contribuir a superar traumas históricos, pensar conjuntamente la gestión y los usos del territorio o favorecer un mejor entendimiento entre arqueología y sociedad, entre otras muchas cosas. Es lo que se ha venido llamando “arqueología de comunidad” (Moshenska, Dhanjal, 2011). La prioridad del trabajo de campo a la hora de pensar una arqueología comprometida socialmente es explicable en gran medida por el propio protagonismo que este tiene en la profesión, pues constituye el recurso fundamental para el contacto con la materialidad del pasado y es la parte más visible –y vistosa- del trabajo arqueológico; pero también por el propio desarrollo de la arqueología pública, que tuvo su origen, al menos en cuanto a concepto, en la reivindicación del papel de las comunidades locales en la gestión del patrimonio norteamericano (Richardson, Almansa, 2015, p. 196). Sin embargo, el abanico de posibilidades a través del que mostrar ese compromiso es mucho más amplio y no se circunscribe exclusivamente al ámbito de la práctica arqueológica.


¿Cómo dar cabida a estos planteamientos, por ejemplo, en una investigación de corte académico, más allá de la propia reflexión teórica sobre las nuevas maneras de entender y hacer arqueología? En su versión europea, y dadas las diferencias con el continente americano (Schadla-Hall, 1999), la arqueología pública ha encontrado en el estudio de las relaciones entre arqueología y sociedad uno de sus principales campos de reflexión y acción. Interrogantes del tipo “¿Cómo se entiende el pasado y su huella en nuestros días? ¿Qué valores y significados se asocian al pasado y a sus distintas culturas? ¿De qué maneras los intereses políticos, ideológicos e identitarios modelan su percepción? ¿Qué implica la transformación del pasado y del patrimonio en productos de consumo?” son planteados para aproximarse, desde distintas perspectivas, a esa compleja maraña de relaciones. Inevitablemente, integrar este tipo de preguntas como parte consubstancial de la investigación arqueológica sitúa el componente ético en el primer plano de la reflexión, pues estamos hablando de contemplar y valorar visiones, intereses y discursos de agentes distintos que no solo no tienen por qué coincidir con la lectura estrictamente científica, sino que en ocasiones chocan de manera manifiestamente abierta con ella, además de traducir con frecuencia discriminaciones de tipo social, político y cultural. Por ello resulta fundamental pensar en las actitudes que como profesionales adoptamos frente a este tipo de problemáticas.


Consideramos que ser conscientes de esas encrucijadas éticas es ya un paso importante. A menudo la postura científica se ha auto-otorgado una neutralidad moral que ha servido de excusa para obviar los cuestionamientos éticos (Fernández Martínez 2006, p. 196), de manera que las decisiones tomadas desde el plano arqueológico han quedado sancionadas por unos intereses estrictamente epistémicos, desentendiéndose muy a menudo de cualquier tipo de responsabilidad social. Frente a esto se ha defendido "la necesidad de un nuevo proceso científico sustentado en la reivindicación de la ética y de la justicia por encima de los valores puramente epistémicos, en la responsabilidad social de la ciencia, y, especialmente, en la defensa de nuevos modelos de participación pública orientados a la democratización de la construcción tecnocientífica" (Azkarate 2011: 9).


Obviamente el tema de la ética en arqueología es complejo y abarca muchos ámbitos. No es, de hecho, nuestra intención aquí ni tan siquiera esbozar algunas pinceladas sobre el tema. Nuestro propósito es mucho más sencillo: pretendemos ofrecer algunas reflexiones en torno a los compromisos y dilemas surgidos de nuestra propia experiencia al desarrollar una investigación académica en la que el protagonismo de los restos arqueológicos y las sociedades que le dieron sentido ha pivotado hacia los significados construidos sobre esos restos en la sociedad del presente. Al convertir a la sociedad y su diversidad de miradas sobre el pasado en protagonista de la investigación, surgen toda una serie de cuestionamientos éticos que afectan a la orientación del trabajo, pero también a las metodologías y las maneras de abordar el análisis e interpretación, que no se dan cuando tratamos el estudio de la materialidad del pasado al margen de su contextualización contemporánea. 

 

La entrada en escena de diversidad de lecturas muy ligadas a emociones, identidades y a menudo conflictos obliga, en el ámbito de la reflexión teórica, a ampliar la mirada y buscar equilibrios, pero también a poner límites. Es sobre estas cuestiones sobre las que queremos hablar aquí. No planteamos este texto como una disertación sobre metodologías de trabajo para un campo todavía poco explorado, a pesar de que estas se ven necesariamente afectadas por esos dilemas, sino más bien como un compendio de reflexiones sobre algunos de los cuestionamientos éticos y profesionales que nos han surgido. Cuestionamientos que tienen que ver con temas como los significados y funciones que la sociedad atribuye a lo arqueológico o las manipulaciones ideológicas, así como las responsabilidades sociales que nos corresponden como expertos ante estos temas. En nuestro caso, el posicionamiento en pro de un compromiso social se ha hecho patente desde la propia concepción del trabajo y ha planteado constantes encrucijadas a lo largo de su desarrollo e, inevitablemente, también tras su finalización, como veremos a lo largo de las siguientes páginas.


El antes: un compromiso como punto de partida

Hace unos años nos propusimos dar cabida a los planteamientos de la arqueología pública -o al menos a algunos de ellos- a través de una investigación de doctorado. Tras una etapa previa de especialización en arqueología ibérica, la nueva vía de estudio parecía acoger muchas de las inquietudes que nos abordaban entonces y siguen haciéndolo hoy en día. En efecto, existía una joven corriente dentro de nuestra disciplina que se centraba en el sentido de la arqueología desde una óptica contemporánea, lo que permitía poner en el centro de atención a nuestra propia sociedad. El resultado de aquel primer planteamiento ha sido una tesis doctoral recientemente leída en la Universitat de València, en la que, bajo el título Iberos, públicos y cultura de masas. El pasado ibérico en el imaginario colectivo valenciano (Vizcaíno, 2015), hemos pretendido analizar las imágenes, las percepciones y los usos que se han construido en torno al pasado ibérico en el País Valenciano desde la concesión del Estatuto de Autonomía en 1982.


La delimitación de este marco crono-espacial no es, obviamente, casual: elegir un territorio con unas fronteras político-administrativas actuales y un lapso temporal marcado por la aprobación de una norma institucional que legitima el autogobierno de este territorio incide, precisamente, en la pretensión de entender cómo el propio contexto político y cultural acaba condicionando las maneras en que la sociedad, en este caso la valenciana, acaba concibiendo y otorgando significado a una etapa concreta de su pasado. La idea, en resumen, ha sido la de analizar cómo un proceso de reafirmación identitaria impulsado desde el presente más reciente ha acabado modelando una imagen particular de una cultura del pasado que es vista como característicamente propia. Esto implica, lógicamente, analizar el discurso oficial, construido por norma general desde un conocimiento experto al servicio de las instituciones y administraciones públicas, pues suele constituir el discurso más ampliamente aceptado por la sociedad al reconocérsele una autoridad y una veracidad superiores a la del resto de los agentes susceptibles de “producir” pasado. Pero también, e igualmente importante, requiere analizar los discursos construidos por la propia sociedad, rastreables a través de tres vías fundamentales. La primera se centra en las iniciativas particulares que derivan en productos culturales accesibles para la mayor parte de la sociedad, como novelas históricas, documentales, cómics, libros de divulgación y otros tantos formatos, que se convierten en reflejo de maneras particulares de entender el pasado. La segunda de las vías, más directa, tiene que ver con las percepciones sociales, en este caso obtenidas a través de un estudio de tipo cuantitativo (cuestionario) y cualitativo (observación) realizado tanto a pie de calle como en espacios patrimoniales y virtuales.


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Visitantes de las jornadas de puertas abiertas de La Bastida de les Alcusses (Moixent) de 2013 rellenando un cuestionario sobre la imagen de la cultura ibérica (Fotografía: A. Vizcaíno).


Finalmente, la tercera de las vías fija su foco de atención en los usos que la sociedad hace del pasado tanto en el ámbito de lo cotidiano como en el de lo extraordinario, y que tienen que ver con la comercialización del pasado, su manipulación al servicio de distintas ideologías o su integración en fiestas y celebraciones.


Entendemos que no estamos ante usos banales del pasado, como en más de una ocasión hemos podido escuchar, sino ante expresiones culturales de nuestro tiempo construidas alrededor del pasado, que resultan esenciales para comprender el sentido de este en el presente (Hamilakis, Yalouri, 1999). Así, de igual modo que desde la perspectiva temporal la arqueología ha encontrado en el folklore una vía de estudio interesante para comprender la función de los restos del pasado en comunidades preindustriales, esos usos actuales no deberían pasarnos desapercibidos (Vizcaíno, e. p.), pues permiten comprender muchas cuestiones relativas a la sociedad en la que vivimos y que lógicamente repercuten en nuestra profesión.


Es innegable que entre lo oficial y lo popular existen barreras que delimitan espacios de poder. El discurso oficial copa una serie de espacios y canales (museos, yacimientos, currículos educativos) que dejan poco o ningún margen a la intervención no experta, mientras que en los medios de comunicación y en la mayoría de productos de la cultura de masas se da una auténtica confluencia de visiones, de ahí el interés que supone situarla como objeto de estudio. Sin embargo, tampoco podemos pensar en una separación absoluta, sino que entre ambas realidades existen fisuras y matices que acaban difuminando los límites. Es importante tener en cuenta este aspecto, pues muy a menudo entendemos que la construcción social del pasado viene determinada exclusivamente por el conocimiento experto, presuponiendo que la sociedad es una mera receptora de sus discursos. La realidad es, sin embargo, distinta, pues a través de procesos dialécticos la sociedad acepta, rechaza y negocia significados, influyendo en la propia arqueología y en la imaginación del pasado, de manera que hablamos de una circulación de conocimiento en múltiples sentidos y no de manera unidireccional, esto es, de expertos a profanos (Nieto Galán, 2011). Por tanto, no hablamos de dos realidades monolíticas separadas por un abismo, sino más bien de una gradación compleja constituida por agentes con niveles de interés, acercamiento y conocimiento del pasado variables (Ruiz Zapatero, 2012).


Partiendo de estas consideraciones, nuestra investigación ha tomado como punto de partida un compromiso: convertir a la sociedad en protagonista y reivindicar el papel que la arqueología puede –y debe- jugar para contemplar los intereses, expectativas, significados y funciones que se construyen alrededor del pasado y del patrimonio en el presente. Algo que, en el caso concreto de la cultura ibérica –aunque seguramente sea extensible a muchos otros casos-, no se ha dado hasta el momento.


Uno de los propósitos que nos hemos planteado con la investigación es el de que tenga una doble utilidad. Por un lado, dar voz -siempre dentro de las limitaciones que impone un estudio de estas características- a la sociedad, y hacerlo, además, dentro del ámbito académico, el cual a menudo es reticente a convertir en objeto de investigación aquello que en teoría transgrede las fronteras de la Academia. En este punto consideramos necesario hacer un alegato en defensa de la normalización de este tipo de estudios, a menudo vistos como interesantes pero calificados de poco serios y alejados de los verdaderos intereses de la disciplina. Por otro lado, consideramos que la utilidad de la investigación también radica en el hecho de que recogiendo esa voz –en realidad voces- no expertas, podemos ofrecer una materia prima de interés para contribuir a comprender un poco mejor a la sociedad y, a partir de ahí, poder construir nuevas estrategias de conexión, entendiendo que para trabajar e interactuar con la sociedad primero hay que conocerla en profundidad.

 

El durante: ¿dónde ponemos los límites?

Contemplar las maneras en que la sociedad imagina, percibe y utiliza el pasado supone abrir la veda a una gran diversidad de lecturas, lo cual tiene una vertiente claramente positiva pero también supone asumir una serie de riesgos (Hodder, 2008; Richardson, Almansa, 2015). Existe a este respecto un dilema básico que a nosotros nos ha acompañado a lo largo de la investigación, y es el de los límites en la aceptación de la diversidad. Es decir, ¿tienen la misma validez todos los discursos? ¿Somos nosotros como profesionales quienes debemos poner los límites entre lo que es aceptable y lo que no? ¿Cuáles son esos límites y en qué se fundamentan? Todavía más: ¿es necesario poner límites?


Tal y como hemos señalado en la introducción, el postprocesualismo asentó la idea del relativismo en la interpretación del pasado, poniendo en cuestión la objetividad del discurso arqueológico y su autoridad, de manera que ese discurso pasaba a ser uno más, ni mejor ni peor que el resto, aunque sí presentado con una carga negativa por su carácter hegemónico. Sin embargo, ese relativismo, en ocasiones llevado al extremo del “todo vale”, debe ser matizado. Concordamos con otros autores (González Ruibal, 2012, p. 108; Merriman, 2004, p. 7; Thomas, 2015, p. 317; Trigger, 2008, p. 190; Schadla-Hall, 2014) en el hecho de que contemplar múltiples discursos no quiere decir que todos ellos sean igualmente válidos, ni que deban ser tratados de la misma manera. Existen, en efecto, unas líneas rojas que no deberían sobrepasarse y que tienen que ver con manipulaciones del pasado y del patrimonio al servicio de la discriminación y la denigración, ya sea por cuestiones étnicas, culturales, políticas, de clase o de género, entre otras (Sánchez-Carretero, 2012, p. 201).


Es sobre este tipo de abusos sobre los que debemos mantener una actitud especialmente crítica, y hacerlo desde el conocimiento experto y con la conciencia de que nuestros discursos pueden formar parte de un compromiso con una sociedad democrática. En el caso del pasado ibérico, y centrándonos en la cuestión identitaria, que es sobre la que hemos trabajado, las manipulaciones han estado principalmente al servicio de intereses políticos, aunque en diferentes grados. Así, por ejemplo, lo ibérico se utiliza para afirmar una esencia nacional española, pero también para reforzar una singularidad valenciana definida por su anticatalanismo y, al contrario, para construir una unidad político-cultural ajustable a la fórmula de los Països Catalans.


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La Dama de Elche como emblema del partido político de corte anticatalanista Accio Nacionalista Valenciana
(Imagen: http://www.accionacionalistavalenciana.com).


Esto supone que sobre un mismo pasado se proyectan visiones bien distintas, cuya pretensión es la de legitimar a través de este una determinada ideología, otorgándole profundidad temporal. En otros casos el abuso del pasado ibérico va más allá y es reclamado por grupos de ultraderecha para defender una teórica pureza española y justificar sus acciones violentas y racistas, especialmente contra grupos inmigrantes. Obviamente las implicaciones de unos y otros usos son distintas, pero todas ellas conllevan una manipulación del pasado al servicio de la discriminación ideológica, ante la que debemos posicionarnos críticamente.


Asimismo, igual que establecemos unos límites de lo permisible en sentido negativo, también se pueden privilegiar determinadas voces teniendo en cuenta, por ejemplo, las relaciones tradicionales de dominación, que han supuesto la marginación de determinadas visiones, o la reclamación de derechos de herencia por cuestiones de filiación cultural, cuestión sobre la cual se plantean no menos dilemas (Leaman, 2006; Young, 2006).


Por otra parte, es evidente que el discurso experto no tiene por qué ser entendido como el más válido o, al menos, su carácter científico no debe actuar como pretexto para imponerse sin miramientos sobre otros discursos que también son legítimos. Por ejemplo, sobre la Dama de Elche, en su condición de icono más universal de lo ibérico, se ha generado una gran diversidad de lecturas que con frecuencia van más allá de lo científico, enlazando con cuestiones como el goce estético, la fe y las propiedades místicas, y todas ellas son respetables. Ahora bien, como profesionales es nuestra responsabilidad defender la idoneidad del discurso científico, pero fundamentándola no en cuestiones de jerarquía (formación experta, marco legal, autoridad) sino en su capacidad de ofrecer un discurso crítico al servicio del bien común (González Ruibal, 2012, p. 107). En relación con la defensa del discurso científico, diversos autores han señalado que la objetividad en arqueología es posible. Pero no hablan de una objetividad positivista, lo cual resulta insostenible, sino de una objetividad basada en la consciencia de los contextos, en el compromiso político y en la lucha por una sociedad más democrática (Fernández Martínez 2006, p. 200; González Ruibal, 2014, p. 108). Es sobre este tipo de principios sobre los que debería argumentarse la idoneidad del discurso experto.


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La Dama de Elche en el monasterio budista de la Vall d’Alba (Castelló) (Fotografía: S. Machause).


En definitiva, no se trata ni de abogar por un purismo arqueológico que denigre todo aquello que no se ajuste a la visión experta, estableciéndolo como modelo a partir del que definir lo que está bien y lo que está mal, ni tampoco alabar las visiones populares, catalizando las críticas exclusivamente hacia los expertos como reacción frente a una práctica epistémica autoritaria. Es necesario encontrar un equilibrio, poner sobre la mesa la diversidad y, sobre todo, no quedarnos en constatarla, sino tratar de entender a qué se debe y cuáles son sus consecuencias.


En nuestro caso hemos pretendido encontrar ese equilibrio partiendo, en primer lugar, de la consideración de los distintos discursos identificados –que evidentemente no son todos los existentes- como parte de un mismo objeto de estudio y sometiéndolos a un análisis en igualdad de condiciones. Es decir, en todos ellos, independientemente de la esfera de la que procedan, nos hemos planteado unos mismos objetivos de análisis, si bien en la práctica se ha hecho evidente que las prioridades son distintas en función de los formatos y los agentes que los impulsan y, por tanto, el análisis debe diversificarse en función de estos.


El segundo paso en aras de ese pretendido equilibrio ha sido, como avanzábamos anteriormente, el de plantear el análisis no como algo descriptivo, centrado en la identificación de las distintas lecturas sobre lo ibérico y sus características, sino en la apuesta por un análisis reflexivo que permita contextualizarlas. No limitarse al qué, sino ahondar en el por qué y su relación con el quién y el cómo. De otra manera corremos el riesgo de convertir el análisis en una evaluación del nivel de precisión de las distintas visiones con respecto a la visión oficial, que es considerada la más precisa. Evidentemente esta vía es necesaria, sobre todo si estamos tratando con productos culturales que se presentan a sí mismos como de divulgación y que tienen un impacto real a menudo superior al que tiene la propia disciplina; pero no debe ser la única. El problema, de hecho, es que muchas veces esta se entiende como la vía principal a la hora de estudiar la presencia del pasado en la cultura de masas. Sin embargo, medir esas lecturas no por lo que son sino por lo que no llegan a ser, sustituyendo la interpretación por una crítica feroz de las carencias y las debilidades, deja muy poco margen para comprender a qué se deben esas otras visiones que no encajan con el discurso experto. Deberíamos, como se ha hecho desde los cultural studies (Ariño, 1997), entenderlas como expresiones culturales del presente y, por tanto, situarlas en unos contextos sociopolíticos, culturales y económicos particulares. De esta manera podremos ahondar en los valores y significados que el pasado cumple en el presente. Por poner un ejemplo, no nos debería interesar tanto señalar que la recreación del pasado ibérico en una novela histórica adolece de una excesiva idealización que poco tiene que ver con la realidad arqueológica, sino entender, además de las propias necesidades de este subgénero literario, que en el contexto de crisis en el que vivimos construir un pasado despreocupado y exento de miserias es una manera de escapar de los problemas que nos rodean y de proyectar nuestros anhelos del presente.


Ahora bien, volvemos a repetirlo: valorar las distintas lecturas del pasado como expresiones culturales de nuestra realidad no nos exime de hacer un ejercicio de crítica sobre sus implicaciones. Como bien han señalado algunos autores, la representación del patrimonio y del pasado es susceptible de ser deconstruida para revelar significados más profundos y a menudo sutilmente ocultados (Ruiz Zapatero, 2009; Sánchez-Carretero, 2012, p. 196; Waterton, Watson, 2013, p. 550). Un fenómeno sin duda aplicable a la totalidad de discursos, incluido el científico, pues es erróneo pensar que la dualidad expertos-profanos es equivalente a la de veracidad-distorsión (Hamilakis, Yalouri, 1999), dado que también el discurso experto traduce manipulaciones de tipo político que tienen mucho que ver con la legitimación de territorios, pero también del propio orden social. Así ocurre, por ejemplo, con la obliteración de la conflictividad social del pasado en numerosos yacimientos, museos y recreaciones históricas, a través de los que se transmite la idea de un pasado en armonía y con unas estructuras sociales similares a las del presente, sancionando así su continuidad.

 

El después: algunas propuestas, muchas dudas y más preguntas

Entendemos la investigación que hemos desarrollado como un diagnóstico, una primera aproximación a una de las muchas facetas que configuran el universo de relaciones generadas entre sociedad, pasado y patrimonio, y que en nuestro caso concreto tiene que ver fundamentalmente con la construcción de identidades de base territorial, si bien también hemos tanteado otras cuestiones como las identidades de género. Es probable que el diálogo que hemos buscado establecer con la sociedad no haya sido todo lo fluido que desearíamos; no obstante, es un primer paso en el intento de dar voz y entender los significados que un pasado concreto, el ibérico, asume en nuestra sociedad.


Ahora bien, ¿en qué se traduce una investigación de estas características? ¿Qué puede aportar a la profesión y a la sociedad? Sin dejar de ser conscientes de nuestras limitaciones y teniendo en cuenta que este trabajo es solo un paso más de los muchos que se están dando en pro de un mejor entendimiento entre arqueología y sociedad, pensamos que sus posibilidades van en dos direcciones que son, en todo caso, complementarias.


La primera de ellas está relacionada con la divulgación. Llevar a cabo un análisis detallado de las maneras en que el pasado ibérico es representado en la cultura de masas, así como de las percepciones sociales de este, nos ha permitido plantear un estado de la cuestión sobre el material divulgativo generado tanto en iniciativas oficiales como particulares, así como su recepción social. Gracias a ello nos hemos aproximado a cuestiones de gran interés, como las imágenes e ideas más frecuentemente asociadas a lo ibérico y su grado de rigurosidad; los intereses que despierta la cultura ibérica y la familiaridad o distancia con que es percibida; el acceso al conocimiento sobre ese pasado y los hábitos culturales en función de variables como la edad, el nivel de estudios y la procedencia; o las potencialidades y carencias de los distintos formatos y recursos utilizados para la divulgación arqueológica. En conjunto, esta información resulta útil para contribuir a implementar nuevas propuestas divulgativas con las que suplir algunas de las carencias que se siguen arrastrando en este ámbito, al menos en España y en el caso concreto de la cultura ibérica.


La segunda de las líneas de actuación derivadas de la investigación tiene que ver con la argumentación de la necesidad de construir unos discursos socialmente comprometidos y, por tanto, con su capacidad para desafiar clichés y estereotipos que van más allá de la propia concepción de la cultura ibérica y radican en los intentos por justificar actitudes y realidades sociales, políticas y culturales actuales. Una de ellas es la idea de la pureza étnica. Durante buena parte del s. XX, y siguiendo una trayectoria consolidada en el XIX, ha sido habitual entender la ibérica como una cultura arraigada en las esencias españolas, valorada por su carácter ancestral y muy ligada a nociones de herencia y tradición, representando el origen de la nación española. Todavía hoy este planteamiento puede encontrarse en algunos contextos, aunque planteados de una manera menos evidente que en épocas anteriores, y está presente en la propia imaginación popular de los iberos, en gran medida como herencia de la educación franquista. Lo que debemos plantearnos desde la perspectiva del presente son los posibles conflictos que puede generar la perpetuación de una concepción tan conservadora en una sociedad cada vez más diversa culturalmente hablando. Así pues, ¿cómo puede resultar atractiva una cultura que es presentada como la esencia ancestral de lo español a los nuevos inmigrantes? ¿Cómo sentirse heredero de un pasado y un patrimonio que a menudo traduce una visión étnica y cultural excluyente? En este sentido, pensar en los grupos que no se identifican con un pasado presentado como oficial y clave del territorio que habitan parece una responsabilidad más que necesaria.


Otra de las realidades que a menudo se pretenden justificar a través del pasado es la de los usos políticos. Las manipulaciones del pasado con fines partidistas están a la orden del día y frente a ellas deberíamos desempeñar, tal y como ya hacen muchos profesionales, una función pública, buscando contrarrestar esos abusos a través de discursos bien argumentados que, además, permitan abordar esas manipulaciones con perspectiva. Muchos de los usos que se hacen de lo ibérico en nuestros días no son nuevos, sino que cuentan con largas trayectorias. Ser conscientes de ellas y de sus repercusiones a nivel social y político resulta esencial para construir contraargumentos sólidos, pues frente a esos abusos no basta únicamente con ofrecer de manera paralela un discurso científico, sino que conviene contribuir a desmontarlos.


A pesar de que podrían señalarse muchas otras realidades y actitudes legitimadas a través de discursos sobre el pasado, no queremos cerrar el repaso sin mencionar una que nos parece crucial: la del género. Analizando las imágenes y los textos divulgativos sobre el mundo ibérico pueden identificarse infinidad de muestras de discriminación de género, que van desde la frecuente invisibilización hasta la marginación a ciertos ámbitos y actividades. Es probable que en la mayoría de casos esto no se haga de manera consciente, sino que responda a una reproducción inconsciente de una realidad social actual –o reciente- que es trasladada al pasado por falta de referentes. Sin embargo, es ahí precisamente donde radica el problema, pues la representación de esos roles está tan asumida que ni tan siquiera se pone en duda, de modo que al final, y con la ayuda del peso legitimador del pasado, la discriminación acaba naturalizándose.


Ante este tipo de realidades es necesario asumir una responsabilidad social que nos concierne como profesionales desde el momento en que la discriminación se practica o se justifica a través del pasado. Ahora bien, la actitud crítica, que generalmente sostenemos férreamente cuando el uso viene de fuera, debe convertirse también en autocrítica. Dado que lo más habitual es limitarse a valorar el grado de precisión arqueológica con el que el pasado es representado fuera de la profesión, a menudo pasamos por alto una mirada inquisitiva sobre los espacios donde domina el discurso científico, como museos y yacimientos, sin darnos cuenta de que en muchas ocasiones, y a pesar de que el grado de rigor científico sea elevado, contribuimos a perpetuar ideas distorsionadas que tienen que ver con fronteras políticas, ideas esencialistas y discriminaciones de género, entre otras. En consecuencia, todo esto nos tiene que hacer reflexionar sobre nuestra práctica y las implicaciones de nuestros discursos (Hamilakis, 1999; Tilley, 1989) y, sobre todo, invitarnos a pensar en las posibilidades del pasado y del patrimonio para hacer precisamente lo contrario, esto es, convertirlos en lugares de encuentro para la diversidad y la integración, otorgándoles una función social. Como bien se ha señalado, "la superación de los paradigmas positivistas y la constatación de que la arqueología puede adoptar una perspectiva crítica, asumiendo que el conocimiento lleva implícita la transformación de la realidad cuando es realmente profundo, contribuirá sin duda a que además de interpretar el pasado, empecemos a transformarlo al servicio del presente" (Fernández Martínez, 2006, p. 200). En este sentido, diversas investigadoras ligadas a los estudios de género en arqueología (Gifford-Gonzalez, 1993; Querol 2004), han argumentado que si sobre determinadas cuestiones del pasado -sobre todo las que tienen que ver con roles sociales y en especial durante la Prehistoria- no tenemos certezas y construimos narrativas basadas en suposiciones, ¿por qué no podemos fomentar visiones en las que se desafíe lo que presuponemos de antemano y que casi siempre afecta a los mismos grupos, que son los tradicionalmente marginados del discurso arqueológico? No se trata de falsear la historia, sino de romper con los discursos alienantes generados desde el presente. Por ejemplo, si no tenemos evidencias que nieguen la participación de las mujeres ibéricas en trabajos fuera del ámbito doméstico, ¿por qué las imágenes de libros de divulgación, documentales y museos se empeñan en recluirlas en casa? En una línea muy similar, cuando se habla de acontecimientos trascendentales para el mundo ibérico como la Segunda Guerra Púnica o la conquista romana, ¿por qué se sigue insistiendo en ideas como los valores de libertad y fidelidad, el carácter guerrero y el enfrentamiento, y se dejan de lado cuestiones como el encuentro cultural y el diálogo? ¿Qué implicaciones tiene todo esto para nuestra sociedad?


Estas son algunas de las reflexiones que, como señalábamos, se han derivado del desarrollo de la investigación, y que tienen que ver fundamentalmente con nuestra profesión y lo que desde ella podemos aportar a la sociedad. No obstante, también conviene señalar las aportaciones en sentido inverso. Sin lugar a dudas, el contacto con esos otros agentes y escenarios con los que no siempre acostumbramos a interactuar contribuye a enriquecer nuestra visión, induciéndonos a contemplar cuestiones que antes pasábamos por alto. Pero, sobre todo, nos ha permitido ser conscientes del importante abismo que sigue existiendo entre nuestro discurso y los discursos de la sociedad. A pesar de que el contacto directo con la realidad puede resultar en algunos casos desesperanzador, parte de nuestro trabajo como profesionales debería pasar por conseguir que el acercamiento fuera mucho más habitual y fluido de lo que generalmente es. Aunque pueda sonar a tópico, urge dejar con mayor frecuencia los laboratorios y las excavaciones y “salir a la calle”, pues aunque podamos presuponer muchas cosas, es el contacto con la gente el que realmente nos ayuda a ser conscientes de la situación en que se encuentra nuestra disciplina. En definitiva, debemos redoblar los esfuerzos por conocer a la sociedad, por entenderla. Y es precisamente aquí donde reside, en nuestra opinión, el valor de estudios como el que hemos desarrollado, pues entender las interacciones entre pasado, patrimonio y sociedad resulta fundamental para pensar y llevar a cabo cualquier negociación entre nuestra profesión y la realidad que le rodea. Al fin y al cabo, de eso trata la arqueología pública.

 


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