LA LINDE, 8-2017

Resultados:

Vicente Palomar Macián. Arqueólogo. vpalomarm@gmail.com. Arqueólogo Municipal y Director del Museo Municipal de Arqueología y Etnología de Segorbe

Luis Lozano Pérez. Arqueólogo. luis@sarq.es. SArq-Serveis d’Arqueologia.

Resumen: A finales del siglo XIV se funda un monasterio jerónimo en Segorbe promovido por el infante Enrique de Aragón, aunque será en el siglo XV cuando realmente reciba el impulso definitivo. Se mantendrá hasta la desamortización de Mendizábal, en 1835. En este artículo se presenta su historia y los resultados de las campañas arqueológicas.

Palabras clave: Monasterio, jerónimos, Segorbe, desamortización.

 

Abstract: At the end of the 14th century, the Hieronymite monastery in Segorbe was created under the promotion of Enrique de Aragon. But, the monastery received the definitive push in the 15th century. The monastery survived until the Mendizabal expropriation in 1835. In this paper, we present the history of the monastery and the results of the archeological excavations.

 Key words: Monastery, Hieronymite, Segorbe, expropiation

En el presente trabajo pretendemos dar a conocer el Monasterio de Jerónimos de Nuestra Señora de la Esperanza, ubicado en la localidad de Segorbe. En él se han realizado varias campañas de excavación destinadas a su recuperación y puesta en valor, objetivo todavía muy lejano.

El monasterio se fundó a finales del siglo XV, aunque fue en el siglo XVI cuando realmente recibió el empuje definitivo, alcanzado cierta relevancia al “figurar entre los que le dieron a elegir al Emperador Carlos al retirarse del mundo” (Llorente, 1887, p. 350), quien finalmente lo hizo en el monasterio jerónimo de Yuste. El cenobio perduró hasta la desamortización de Mendizábal en 1835, momento en el que quedó abandonado comenzando entonces un proceso de destrucción que lo ha llevado al estado que presenta actualmente.

 

INTRODUCCIÓN

La Orden Jerónima

 A lo largo del siglo XIV se desarrolló en Europa un movimiento religioso centrado en la vida de San Jerónimo, anacoreta del desierto de Calcis que se convirtió en ejemplo a seguir por algunos grupos de ermitaños instalados en Italia, entre los que destacaba el de Tomás Succio en Siena. Un grupo de estos ermitaños se trasladó a España, uniéndose a ellos algunos deseosos de imitar a San Jerónimo en su vida retirada. A partir de entonces, la oración, el trabajo, el estudio, el silencio y la vida contemplativa serán los pilares sobre los que se sostendrá su vida en común.

El centro en el que se constituirán originariamente los Jerónimos españoles será Guadalajara. El grupo se instaló inicialmente en el Castañar (Toledo), aunque a instancia de Alfonso XI, los ermitaños decidieron trasladarse a una ermita cercana a Lupiana (Guadalajara) edificada bajo la advocación de san Bartolomé que, convertida ya en monasterio, se considerará la casa matriz de la Orden aun cuando cada casa era independiente y estaba bajo la autoridad del Obispo de su respectiva diócesis.

En 1373, obtendrían aprobación de Gregorio XI, quien les otorgaba la Regla de San Agustín y el hábito blanco con el manto pardo que vestían los monjes del Monasterio de Santa María del Santo Sepulcro, cerca de la ciudad de Florencia, pasando a denominarse “Hermanos o Frailes de San Jerónimo”. No obstante, la bula papal no supuso la erección de una nueva orden monástica ya que permanecían bajo la jurisdicción de los obispos de sus respectivas diócesis y sus casas no quedaban unidas bajo normas comunes (Campón, 1991). Será en 1384 cuando se aprueban las constituciones, sustituyendo a partir de entonces la vida eremítica por la del cenobio.

Una nueva etapa se inicia en el año 1414, cuando el Papa Benedicto XIII ordena que todos los monasterios se constituyan en Orden centralizada y les concede la exención episcopal así como la facultad de celebrar capítulos. En 1415, fecha del primer capítulo, había en la península 25 monasterios.

Protegidos por el favor real, llegaron a ser casas muy ricas que sostenían seminarios, hospitales y alojamientos para romeros en los centros de peregrinación. En el año 1835 el número de conventos ascendía a 50 de varones y 17 de religiosas. A partir de este año, las leyes desamortizadoras y la exclaustración originaron su desaparición casi completa. Después de dos intentos de restauración (1854 y 1884), ésta se consiguió en 1924 por un rescripto de Pío XI, aunque no se llevó a cabo hasta más tarde. En 1969 se creó el primer gobierno general de la orden.

A lo largo de su historia, la Orden Jerónima ha llegado a regentar algunos de los monasterios más importantes de España entre los que destacan el monasterio de San Jerónimo de Yuste, donde pasó Carlos I sus últimos días, o el Monasterio del Escorial, panteón real de los monarcas españoles. También son suyos en Portugal el de Peñalonga y el de Belem, sepultura este último de los reyes portugueses. Actualmente solo persisten dos, el monasterio de Santa María del Parral (Segovia) y el de San Jerónimo de Yuste (Cáceres) (Bleiberg, 1986).

Como hemos podido comprobar, la Orden de los Jerónimos estuvo estrechamente vinculada a la Corona española, en especial a partir de la época de Carlos I y de Felipe II. No obstante, otros protectores y mecenas vinculados a la nobleza serán los que promuevan el asentamiento de esta Orden en el territorio valenciano.

El primero de los monasterios fundado en la Comunidad Valenciana se localiza en la Plana de Jávea (Delicado, Ballester, 2000, p. 73), punto de gran tradición cenobítica. Estos ermitaños, ocupantes de “cuevas santas”, decidieron seguir los pasos de sus hermanos castellanos y acudieron al Papa Gregorio XI, quien en 1374 entregaba a los ermitaños de Jávea una bula similar a la que había entregado a los de Lupiana (el mismo hábito, las mismas reglas, las mismas constituciones). En diciembre del mismo año, Don Guillem, Obispo de Tortosa, procedía a la erección solemne del monasterio jerónimo del “Cap de l’Ermitá” en las estribaciones del Montgó.

Los eremitas contaron para su consolidación con la inestimable ayuda de D. Alfonso de Aragón, que en 1376, como señor de las tierras que ocupaban, hizo donación a estos del lugar donde hoy se levanta el Santuario de Nuestra Señora de los Ángeles. En el año 1386 la nueva casa era atacada por los piratas musulmanes (Revuelta, 1982). Dos años después de su captura son rescatados por el Marqués de Villena y Conde de Denia D. Alfonso, pero ya no volverán al antiguo monasterio sino que se trasladarán a Cotalba, donde se fundaría un nuevo monasterio. Tan solo dos años después del monasterio de Jávea, en 1376, se fundó el monasterio de Santa María de la Murta (Alzira) que tiene su origen en once ermitas que había en el valle de Miralles.

Entre 1492‑1518 se conoce la existencia de un monasterio en Alicante denominado Santa Verónica o de la Santa Faz, del que apenas hay noticias. La última fundación jerónima en tierras valencianas, en 1546, corresponde al monasterio de San Miguel de los Reyes (Valencia) bajo el mecenazgo del Duque de Calabria y su esposa Dña. Germana de Foix, en lo que fue una antigua abadía cisterciense.

Vista aérea de las ruinas del monasterio antes de las intervenciones arqueológicas foto extraída de la Biblioteca de la Direcció General de Patrimoni Artístic)

 

 

 

NOTICIAS HISTÓRICAS

Fundación del Monasterio de Ntra. Sra. de La Esperanza

El espacio elegido para la erección de este monasterio se localiza en la cima y ladera oriental de una colina ubicada a 2 km de la población de Segorbe en dirección a Jérica, junto al camino real y próximo a la confluencia de caminos que unen Navajas y Altura. Desde este punto, se consigue un completo dominio visual sobre gran parte del valle del Palancia entre las Sierras de Espadán y Calderona. La proximidad al manantial de La Esperanza, localizado a los pies de la colina y utilizado desde época islámica, sería un aliciente más para la elección de este lugar privilegiado, apartado de núcleos urbanos como es habitual en los monasterios de la Orden.

En este mismo punto, sobre la colina, existía anteriormente una ermita bajo la advocación de Ntra. Sra. de La Esperanza, de la que conocemos una interesante referencia que data del año 1479, fecha en la que se iniciaba un pleito entre el infante Enrique de Aragón y Sicilia, señor de Segorbe, y los jurados de la ciudad de Segorbe por la pretensión que ambos tenían de adueñarse de un patronato fundado por Rodríguez de Segura a beneficio perpetuo, bajo la invocación de Nuestra Señora de la Esperanza. (ADM Segorbe leg. 82, n. 131). Según indican las fuentes, en esta misma ermita existían otros dos beneficios bajo la advocación de Santa Bárbara y San Agustín. Este proceso de erección de un monasterio sobre una fundación eremítica anterior no es aislado, ya que en tierras valencianas se da también en los casos de los monasterios de Santa María de la Murta en Alzira, San Jerónimo de la Plana de Jávea y Santa Verónica en Alicante (Ruíz, 1997, p. 36).

Las fuentes documentales que nos informan de la fundación del monasterio de Segorbe son muy escasas. Una de ellas la encontramos en el periódico segorbino El Celtíbero, publicado durante los años 1850-1851, en cuyas páginas un autor anónimo publicó un breve estudio que desafortunadamente quedó inconcluso al desaparecer esta publicación en la segunda entrega del trabajo. La fundación del monasterio tendría lugar en el año 1495, cuando el infante Enrique de Aragón y Pimentel, también conocido como el Infante Fortuna, primer Duque de Segorbe, decidió erigir en sus tierras un monasterio de esa orden atraído por “la gravedad, pausa y solemnidad” que presidían los oficios divinos de esta orden monástica. Para ello solicitó la correspondiente bula al Papa Alejandro VI “la cual apenas concedida, tomó aquel posesión en unión de los PP. Fr. Juan Bautista Villarragut, profeso de la Murta y Prior de Santa Engracia en Zaragoza, Fr. Francisco Micó Prior de Gandía”.

El Infante lo dotó de 4.000 ducados anuales, de varias fincas rústicas entre las que se encontrarían las de la partida del “Brazal” o “Realengo”, integradas en el término de Segorbe e incorporadas posteriormente al término municipal de Navajas en el año 1925 y conocidas en la actualidad con el nombre de “Huerta de los Frailes” (Martín, 1981, p. 166), y de los rendimientos del lugar de Geldo, comprado al efecto a la familia Sorell, con su horno de pan, carnicería, molinos harineros y de aceite, minas de plata y tierras, que también fueron concedidas al monasterio (ADM, Segorbe leg. 65, ramo 3, n. 11).

Continúa el texto mencionando que “Los antedichos religiosos se retiraron a sus conventos pasado algún tiempo sin adelantar cosa, pudiendo decirse en rigor que la obra no principió hasta 1522, Constituyose un espacioso y magnifico claustro con 24 celdas correspondientes, mas la Iglesia no pudo quedar concluida con motivo del fallecimiento del egregio fundador, ocurrido a fines de dicho año; y aunque en su testamento legó muchas joyas de oro y plata para la terminación de la Iglesia, su hijo el Duque D. Alfonso se desentendió de tan sagrada obligación, contentándose con recomendar a su muerte el cumplimiento de la manda antedicha a su Esposa, cuya conducta en este particular fue igual a la de aquel, pues nada hizo sino reproducir a su hijo el Duque D. Francisco el cumplimiento de la voluntad del Infante D. Enrique, que no vino a realizarse sino en 1573, solicitando previamente el digno Duque a la orden de S. Gerónimo dos religiosos entendidos, El General de esta Orden le mandó inmediatamente a los visitadores de la corona de Aragón, y después de muchas conferencias se asignaron al nuevo Monasterio 800 L. de renta anuales, con mas 400 ducados en metálico; pero muerto a poco el esclarecido cuanto piadoso Duque sin dejar consolidado este asunto, solo quedó para dotación del monasterio la suma de 450 L. cargadas sobre fincas del lugar de Geldo. Desde la extinción de los conventos, este infeliz ha sufrido varias irrupciones vandálicas: todos sus sólidos materiales han sido primi capientis … “.

El Obispo Aguilar recoge también estas noticias señalando que “era el infante muy afecto a los Padres Gerónimos, en cuyas iglesias de Valencia solía hacer los actos religiosos, y deseando tenerlos en Segorbe fundó el monasterio de Gerónimos sobre la fuente de la Esperanza, en donde había de antiguo una capilla dedicada a la Virgen de la Esperanza y a Santa Bárbara, servida por dos capellanes” (Aguilar, 1889, p. 198).

Por su parte, D. Luis Morro, Penitenciario de la Santa Iglesia Catedral de Segorbe, ofrece nuevos datos obtenidos la mayor parte de las veces del Archivo Catedralicio, que entonces aún no había sufrido la devastación ocasionada por la Guerra Civil de 1936‑1939. En el Capítulo VI de su obra Noticias Históricas sobre la devoción de Segorbe a Ntra. Sra. de La Esperanza, referido en su totalidad a este Monasterio, reproduce los aspectos ya indicados anteriormente en torno a su fundación para después señalar que “… la fundación que se asigna en 1495 no fue en realidad sino intento de fundación, pues la voluntad de D. Enrique no bastó para hacer efectivas las rentas, que en 1496 hubieron ya de reclamar los Religiosos, ni para dar cima a las obras del Convento, que en 1499 abandonaron aquellos, con permiso de los Superiores de la Orden. El Duque de Segorbe, en años posteriores construyó varias dependencias, como el refectorio, librería, etc. mas no logró terminar la Iglesia, ni alcanzó el regreso de la Comunidad, a pesar de sus reiteradas gestiones y voluntad, elocuentemente manifestada en el testamento autorizado poco antes de su muerte, ocurrida el 22 de Septiembre de 1523, por el cual mandó que continuaran las obras y legó alhajas de plata y oro para el Monasterio” (Morro, 1916, pp 35-36).

Un documento del Archivo de los Duques de Medinaceli confirma y amplía esta última información. Efectivamente, el infante legaba “al monasterio de la Esperanza una parte de los objetos de su capilla; retablos y pinturas de devoción, órganos, una biblia y libros y dos trapos de raso, todo por 400 ducados. Da al mismo convento las viñas, moreras y olivares que dicho infante tenía en el término de la ciudad de Segorbe y valían 3.000 ducados.(ADM Segorbe leg. 82, n. 255).

Dice la crónica recogida en el periódico segorbino El Celtíbero que, además, el Infante “adornó dicho monasterio con doce apóstoles de plata y varios relicarios guarnecidos de piedras preciosas de inestimable valía”. Pero la muerte del fundador y el incumplimiento de su voluntad por parte de su hijo D. Alfonso, hizo que la finalización del Monasterio no se produjese hasta bastantes años más tarde, cuando su nieto el Duque D. Francisco, en 1573, consiguió culminar las obras, quedando instalados desde entonces los monjes jerónimos en el nuevo cenobio. Sin embargo, años después, la disputa por la herencia de Francisco de Aragón continúa y se abre una causa desde 1581 que se extendería durante los siguientes años con alegaciones de la duquesa de Segorbe, Juana de Aragón, en 1589.

Vista del estado actual del interior del monasterio con el patio central parcialmente consolidado

 

En 1599 la Real Audiencia de Valencia fija en 450 libras la dotación para alimentar a los religiosos del convento, aumentando de este modo la cantidad de 250 libras que había sido fijada en 1596. En 1601 se abre un proceso de la duquesa de Segorbe contra el Monasterio de La Esperanza, que continuará en 1605 sobre el pago de los legados y créditos dados por los señores anteriores. Dos años después, en 1607, Felipe III otorga al Monasterio un Real Privilegio de amortización que le permite heredar los bienes. Sin embargo, parece que el conflicto continuó en los años siguientes.

En 1614 será el prior general de la Orden de San Jerónimo, Fray Alonso de Paredes, el que otorgue licencia al prior y frailes de la Esperanza para efectuar concordias con el duque de Segorbe, siguiendo ciertas condiciones y cláusulas a las que hace referencia. Ese mismo año, a 21 de octubre, se firma dicha concordia acerca de los pleitos que tenían sobre las haciendas del infante Enrique y duques Alonso y Francisco, firmando la escritura de concordia ante Antonio de Padilla, curador de la Real Audiencia de Valencia. Tras esto, al año siguiente, se conoce la correspondencia mutua en agradecimiento por llegar a un acuerdo entre el Duque de Segorbe, por un lado, y el prior general de la Orden y el prior de del Monasterio de la Esperanza, por otro, que culmina con el reconocimiento como señor y patrón de este monasterio.

Poco duraría la tranquilidad, ya que en 1618 la Real Audiencia de Valencia daba por nula la concordia y no firmó una nueva hasta 1647. Esta concordia finaliza con la obligación del duque de pagar 371 libras anuales, cargándolas sobre el estado de Segorbe y especialmente sobre Geldo, población con la que mantendría los lazos el monasterio hasta su abandono.

Durante el siglo XVIII el Monasterio de Jerónimos de Nuestra Señora de La Esperanza experimentó un importante desarrollo coincidiendo en parte con el obispado de fray Blas de Arganda, profeso de esta orden y Prior del Monasterio del Escorial entre 1745 y 1753. La petición realizada por el gobierno, a través del Nuncio de Su Santidad, el día 21 de marzo de 1764 sobre el estado de rentas de los conventos en España, nos permite conocer nuevos datos relativos a este periodo: “Había entonces en el monasterio 24 religiosos sacerdotes, 7 coristas, 8 legos, 8 donados y 3 pretendientes al hábito. En total, 50 individuos. Las rentas del convento ascendían a 1.266 libras, 9 sueldos y 5 dineros, mientras que lo que pagaba por censos y otros impuestos, mantenimiento de los religiosos, jornales de empleados, etc., ascendía a 1.539 libras, 10 sueldos y 6 dineros en contra de la comunidad. Existía por lo tanto un déficit de 273 libras que la comunidad cubría con limosnas de los fieles o del mejor modo que podía dadas las circunstancias” (Martín, 1981, p.67-68).

Otra noticia relacionada con el Monasterio, recogida por Martín Moreno, hace referencia a la real orden del 8 de febrero de 1766, en la que se exigía que “…los regulares que se hallan en hospederías de la Orden o casas de granjería, establecidos sin las correspondientes licencias, se retiren a Clausura“. La orden afectó a los dos religiosos jerónimos que residían en el Palacio Episcopal de Segorbe ayudando al Obispo, obligados a retirarse a su monasterio y sustituidos por un solo religioso, dada la petición realizada por el Obispo a las autoridades de que continuasen en su compañía por su avanzada edad, “…con tal de que no sea ninguno de los que ahora existen, y que el que quedare, sólo pueda permanecer 6 meses, mudándose cada medio año” (Martín, 1981, p. 169).

D. Luis Morro, finalmente, aporta interesantes datos de carácter económico referidos a este siglo, como la entrega al Monasterio de la Masía de La Rodana en 1767, al ocurrir la expulsión de los Jesuitas, sobre la cual reclamó nuevamente el Cabildo de la Catedral de Segorbe: “…hecha la reclamación en 1782, pagó el Monasterio, como se desprende de varios documentos manuscritos, entre los cuales merece anotarse la siguiente curiosa relación de lo presentado en 1796 por Jaime Garbins, Colector de las rentas de fuera de la Ciudad por Diezmos y primicias, Iº) Del Monasterio de la Esperanza y sus Arrendadores 6 caices, 4 B. trigo. 2º) De id. 18 cargas de vendimia (de 10 arrobas). 3º) De Domingo Salas, Arrendador de la masía de la Rodana propia de dicho Monasterio 74 Cs. de Vendimia, 4º) Del Monasterio 6 a. 18 libras de Ajos, etc. etc. (Arc. Cap. Arm. G Est. 3 Miscelánea)” (Morro, 1916, pp.40-41).

 

 

Desamortización

A lo largo del siglo XIX el Monasterio sufrió el mismo destino que la mayoría de los conventos españoles, sujetos a las leyes desamortizadoras que los privaron de bienes muebles e inmuebles y fueron causa de su abandono y ruina tras 341 años de existencia. Suponemos que la invasión francesa durante la Guerra de la Independencia traería consigo el desalojo de la comunidad, tal y como ocurrió con otros monasterios cercanos como la Cartuja de Val de Cristo o el de Franciscanos de San Blas de Segorbe, aunque los monjes volverían de nuevo al monasterio una vez pasada la contienda. Posteriormente, el Trienio Liberal (1820-1823) originó nuevas medidas tendentes a conseguir la desaparición de las órdenes religiosas, paralizadas en los años sucesivos tras el restablecimiento de un nuevo régimen absolutista por Fernando VII.

El monasterio de los Jerónimos de La Esperanza, sin embargo, continuó siendo habitado tal y como reflejan los pagos realizados por el monasterio en este periodo, recogidos por D. Luis Morro en su obra: “En 1829 por un capital de 5.268 rs. v. y 26 ms. El Colegio pagó al subsidio 293 rs. 21 ms y en los años 1830 y 1831 por igual capital 293 rs. 5 ms. y 269 rs. 21 ms. respectivamente” (Morro, 1916, p. 42).

Las leyes desamortizadoras de 1835-1836 originan una aceleración del proceso iniciado en 1808. En este año se suceden sin interrupción las medidas encaminadas a conseguir la supresión definitiva de las órdenes monásticas. Toreno, nombrado ministro el 7 de junio de 1835, emite el mes de julio un decreto por el que se suprimen los monasterios que no tuviesen al menos 12 religiosos profesos, con orden de quedar suprimidos también en adelante aquellos otros en los que los monjes disminuyesen por debajo de esta cifra, quedando aplicados sus bienes a la deuda pública.

Los conventos del distrito de Segorbe, entre ellos el de La Esperanza, nos dice el Obispo Aguilar, “… no sufrieron sino el temor y la pesadumbre por lo que sucedía en otras partes; porque el vecindario, los urbanos y las tropas de paso les guardaron las consideraciones debidas, y no fueron suprimidos por alboroto sino por orden del capitán general de Valencia, que el 23 de agosto de 1835 mandó cerrar todos los conventos de su distrito militar, aplicando sus bienes a la deuda pública (…) A instancias del Obispo (lo era entonces D. Julián Sanz Palanco) el capitán general otorgó que quedasen abiertas las iglesias (de los religiosos suprimidos), pero sujetas a los párrocos, y que los mismos religiosos pudiesen se empleados en ellas con tal que no viviesen en el convento ni vistiesen hábitos …” (Aguilar, 1889, p. 198).

Mendizábal, finalmente, suprimía el 11 de octubre todos los monasterios y conventos que aún quedaban y ponía en venta el 17 de febrero de 1836 “…todos los bienes raíces de cualquiera clase, que hubiesen pertenecido a las Comunidades y corporaciones religiosas extinguidas, y los demás que hayan sido adjudicados a la Nación por cualquier título o motivo”. Los inventarios realizados en este año referidos al Monasterio de Nuestra Señora de La Esperanza, según refleja Morro, “…fuera de las tierras que no pudieron ocultarse, se limitaron a manifestar unas cuantas casullas y aras, tres cuadros de San Jerónimo, Santa Bárbara y Nuestra Señora del Carmen y algunas cosillas de escaso valor, entre las cuales no estaban incluidos los Apóstoles y otros objetos de plata, de que nos hablan antiguos manuscritos” (Morro, 1916, pp. 42-43).

Sin embargo, su abandono pudo haberse producido aún antes de estos momentos puesto que, al parecer, fue convertido en refugio de las partidas carlistas y lugar de pernocta de las fuerzas liberales en la Guerra Civil de 1833-39 (Faus, 1988, p. 27).

Abandono

Es de suponer que los años de abandono del monasterio afectarían a su estado de conservación, favoreciendo el saqueo de los elementos útiles, especialmente de los materiales de construcción, que aceleraron su deterioro estructural. Es por ello que, en sesión celebrada durante el mes de julio de 1841, el ayuntamiento de Segorbe proponía “… que en atención a los graves perjuicios que causa la existencia del extinguido Convento de la Esperanza por hallarse enteramente abandonado y destruido siendo muy apropósito para la perpetración de varios excesos por su aproximación a la carretera y hallarse abiertas sus puertas resultando que puede servir para el abrigo de gente de mal vivir y que nada sirve al estado por ser del todo improductivo, esperaba que el Ayuntamiento acordara la instrucción del oportuno expediente en el que se haga constar los extremos espuestos y demás que conbenga, [implorando] de quien corresponda la autorización para su completa demolición” (AMS, AAMM, 1841).

Sabemos que tres años más tarde, en 1844, el monasterio fue vendido (Ruíz, 1997, p. 249) y que en el año 1858 ya estaba totalmente arruinado, como también la ermita adyacente. Comenzó entonces un progresivo desmantelamiento de sus estructuras arquitectónicas para la utilización de los materiales en otras construcciones, mientras que el interior se rellenaba de escombros. La ermita, señala Morro, comenzó a ser reconstruida por el Obispo Canubio en el año 1858, quedando concluida al año siguiente. Sin embargo, antes de 40 años estaba otra vez ruinosa, “por lo que en 1906 la restauró a sus expensas con más solidez D. Lamberto Perpiñán, canónigo de Segorbe” (Morro, 1914, p. 27).

Estancia de entrada al monasterio que actúa como distribuidor hacia otras dependencias

 

EVIDENCIAS ARQUEOLÓGICAS

Los trabajos arqueológicos en el Monasterio de Jerónimos de Nuestra Señora de La Esperanza comenzaron en 1992 en un primer intento de recuperación, conservación y puesta en valor de un edificio con la singularidad e importancia de este cenobio. Las actuaciones iniciadas en aquel momento consistieron en la limpieza superficial de toda el área ocupada por el Monasterio, incluyendo el desbroce y la tala de los árboles y arbustos que habían crecido en el interior del recinto y, en ocasiones, habían sido replantados. Posteriormente se llevaron a cabo una serie de sondeos distribuidos por toda la superficie del recinto con el propósito de determinar el grado de conservación de las estructuras arquitectónicas y conseguir una aproximación a la organización interna del edificio. A la vez, se pretendía comprobar el espesor real de los rellenos en sus distintas zonas como base para la realización de futuras actuaciones de mayor envergadura, recuperando al mismo tiempo restos tanto arquitectónicos como utilitarios que permitiesen una visión aproximada del interior del monasterio a nivel constructivo, decorativo o utilitario. Los resultados fueron muy interesantes tanto por los materiales recuperados como por las ausencias de algunos de ellos que proporcionan información sobre los procesos postdeposicionales.

Tras estos primeros trabajos, las actuaciones se detuvieron y no se retomaron nuevamente hasta el año 2007, en el que, con la participación de los alumnos integrantes del Módulo de Arqueología de varios Talleres de Empleo, se realizaron nuevas campañas de excavaciones, la última de ellas en el año 2010. El objetivo en esta ocasión era la excavación en extensión de algunas de las salas delimitadas previamente y su consolidación, afectando también al patio localizado en el centro del edificio. Se pretendía con ello recuperar estos espacios y conseguir el objetivo final de su puesta en valor para un uso cultural y educativo, una función que nos parece todavía muy lejana ya que los trabajos se encuentran actualmente paralizados y fuera del área de actuación de los intereses municipales.

Las excavaciones consiguieron reconocer interesantes aspectos relacionados con la construcción, la evolución arquitectónica y la compartimentación interna del edificio, más allá de las trazas visibles en los restos superficiales. También se pudo recuperar un interesante conjunto cerámico del último momento de ocupación del monasterio. Sin embargo, todavía persisten algunas incógnitas relacionadas con el uso de algunas dependencias debido a las amplias zonas que todavía se encuentran sin excavar. Estos trabajos también deberían extenderse a otras áreas del extremo occidental y septentrional donde los límites del monasterio se amplían más allá del bloque constructivo definido.

Organización y evolución estructural

A nivel estructural, los monasterios jerónimos de la zona de Aragón “presentaban un aspecto de bloque compacto, pues todo el edificio se desarrollaba en torno a un solo claustro” (López-Yarto, Mateo, Ruiz, 1995, p.18). También es una característica común en todos ellos que la iglesia quede embebida dentro del bloque monástico, como ocurre en el monasterio de San Jerónimo de Cotalba (Gandía), en el de San Jerónimo de Valdebrón (Barcelona), en el de San Jerónimo de la Murta (Badalona) y en el de La Esperanza que aquí tratamos.

Plano del Monasterio de Ntra. Sra. de la Esperanza con las áreas excavadas

 

 

En nuestro caso, el edificio estuvo condicionado en su construcción por el desnivel que ofrece la propia colina en la que se ubica. El lugar elegido, ocupando la cima y la ladera E (la mejor orientada) de la colina, obligó a que se articulara en terrazas. La adaptación a la ladera determinó igualmente el sistema utilizado en la construcción, consistente en la horizontalización de ciertas zonas con la elevación de muros de contención en sentido N‑S, que posteriormente se rellenaban con sucesivas capas de gravas y arcillas hasta alcanzar la altura deseada, consiguiendo de esta forma superficies aterrazadas sobre las que se levantaron las estructuras internas del Monasterio. En otros lugares, por el contrario, las dependencias se construyeron directamente sobre el terreno natural ligeramente horizontalizado con tierra apisonada.

De esta manera, el monasterio llegó a ocupar una superficie rectangular de 61,50 x 40,50 m, ampliada en su lado oriental por estructuras que aún no han podido ser identificadas y en el septentrional por un espacio en el que se ubicaría el campanario, o más probablemente una espadaña, del que actualmente solo quedan los restos arrasados de algunas paredes. Por último, en el exterior del Monasterio por su lado E se localizan dos aterrazamientos paralelos al muro utilizados posiblemente como jardín o huerto.

El muro perimetral alcanza un grosor de 1,10 metros, al igual que algunos muros de subdivisión interior que recorren y compartimentan el espacio en sentido E-O. Otros muros interiores de menor grosor (50 cm) cierran espacios regulares en el ala oriental del edificio cada 4-5 metros. Interiormente esta estructura se articula en torno a un patio central rectangular, que desempeñaría la función de claustro, y alberga en el subsuelo una gran cisterna. La superficie total edificada supera los 2500 m2 de planta, de los que cerca de 300 m2 corresponden al patio central.

Técnicamente, el edificio está construido con encofrado de piedras de mediano tamaño unidas con argamasa de cal y arena, detectándose ocasionalmente la utilización de ladrillos en puntos aislados, jambas de puertas y bóvedas, mientras que la sillería se utilizó exclusivamente en los ángulos del edificio, de donde fue arrancada tras la exclaustración. No obstante, a lo largo de su dilatada historia el edificio sufrió numerosas remodelaciones, algunas de ellas de cierta envergadura, lo que favoreció el uso de diferentes técnicas constructivas (tapia valenciana y muros de encofrado de piedra y cal junto a muros de mampostería). Estas remodelaciones se observan claramente en la fachada oriental, donde una reforma que aumentó el número de plantas implicó la apertura de nuevos ventanales y el cegamiento de otros, modificando perceptiblemente su fisonomía (Palomar, 1995, p. 20).

En lo que corresponde a su organización interna, a falta de nuevas intervenciones arqueológicas que faciliten los datos necesarios, son interesantes varias referencias documentales que describen brevemente algunas de las estancias. Fray José de Sigüenza, que escribió su obra en 1599, comenta que el infante Enrique de Aragón “… hizo un claustro harto bueno como agora se ve, fuerte y bien labrado, con venticuatro celdas, y otras oficinas, Capitulo, Librería, dormitorio, y Refectorio. La Iglesia no quedó acabada” (Sigüenza, 1907, pp. 67-68).

Restos de un púlpito embebido en la pared N del edificio y que identificamos como de la iglesia

 

 

También en el periódico El Celtíbero antes mencionado se hace referencia a la construcción de “… un espacioso y magnifico claustro con 24 celdas“, número que según Martín Moreno “coincide con el de los religiosos sacerdotes” que permanecían en el monasterio durante el siglo XVIII (Martín, 1981, p. 169). D. Pedro Morro, por su parte, indica en su obra que “se echa de ver que la Iglesia estaba edificada en el centro del monasterio, libre al lado del mediodía en que estaba la puerta y rodeada de claustros sobre los que se levantaban las celdas por Oriente, Norte y Poniente” (Morro, 1914, p. 26). Una nueva referencia a los “claustros” del monasterio aparece en un documento de 1552 (ADM Segorbe leg. 64, ramo 3, n. 16).

Sin embargo, los restos que se aprecian hoy en día no permiten identificar otros espacios abiertos más allá del patio central ya mencionado, resultando imposible su existencia dentro del bloque constructivo delimitado. Por tanto, de ser cierta la existencia de varios claustros, algo común en otros monasterios jerónimos, al menos uno de ellos debería ubicarse en el lado occidental, donde actualmente se encuentra la ermita de la Esperanza y en el que se observan superficialmente algunos restos constructivos que no han podido ser estudiados hasta la fecha.

Las evidencias con las que contamos en el estado actual de la investigación permiten ubicar la iglesia en el extremo septentrional del edificio. En este punto, ocupando todo el lienzo N, observamos algunos arranques en ladrillo de arcos fajones que delimitan seis crujías de una gran sala abovedada. También en este punto se encuentran los restos de un púlpito con su escalera de acceso embutidos en la pared.

La distribución en el interior de este extenso espacio se adaptaría a las necesidades de la comunidad. En las plantas inferiores, menos amplias y soleadas, se ubicarían las áreas de servicios del monasterio como los lagares, cocinas, almacenes, cuadras y otras dependencias complementarias, con accesos independientes localizados en la parte inferior del muro Sur, mientras que en la planta intermedia se ubicarían otros espacios comunes. La zona noble del Monasterio, a la que se accedía a través del portal principal localizado en la cima de la colina, ocuparía la planta superior, más soleada y de mayor amplitud al extenderse por toda la superficie del edificio en torno al patio o claustro central, situándose en ella las principales dependencias conventuales como la iglesia, la biblioteca, el refectorio, las celdas y la zona administrativa, si bien es éste un aspecto que no podemos confirmar por la total destrucción de las estructuras a excepción de los escasos restos conservados en la pared N, ya señaladas anteriormente.

Uno de los dos cubos de vino de gran tamaño localizados y excavados que formaban parte de un lagar

 

 

Efectivamente, los trabajos arqueológicos han podido confirmar algunos de estos usos. Así, en el ángulo NE de la planta inferior del inmueble se excavó un cubo de vino de grandes dimensiones y se identificó otro anexo de similares características, formando parte de lo que sería un importante lagar, mientras que el ala oriental de esta planta inferior parece estar comunicada por un amplio pasillo con arcos apuntados que se aprecian en superficie y que crearían un espacio destinado a almacenes y otros servicios agrícolas o ganaderos. Actualmente cuenta con seis accesos, dos de ellos de mayor tamaño en el espacio central y otros secundarios en los extremos, aunque es probable que no todos ellos funcionasen coetáneamente.

Las excavaciones también permitieron documentar junto al muro S un habitáculo, de 38 m2, cubierto con bóveda de cañón de ladrillo macizo, que se comunica con otros espacios contiguos todavía no excavados. Este espacio se ubica en un nivel superior al del lagar antes mencionado, pero por debajo del nivel de acceso situado en la planta noble. La presencia de un pesebre y de numerosos orificios en la pared para encastrar estructuras de madera que podemos relacionar con jaulas destinadas a los animales de corral, permite asignar un uso destinado a animales domésticos o a las caballerías.

En el nivel superior se localizaba la puerta principal del Monasterio. A ella se accede desde el exterior a través de un pavimento de cantos de río que nos dirige hacia la entrada del monasterio (orientada al S y situada en la parte más elevada de la colina). Al cruzar la puerta nos encontramos ante una pequeña sala, con bancos adosados a las paredes, que actuaría como vestíbulo a la vez que como espacio distribuidor hacia otras estancias, algunas de ellas ubicadas en una planta superior, de las que se conserva el inicio de la escalera.

La parte central del edificio, finalmente, estaba ocupada por un patio interior o Claustro construido sobre un aterrazamiento artificial que lo elevaba hasta la tercera planta. Dicho patio, conservado parcialmente, estaba pavimentado con ladrillos bizcochados y bajo él se encontraba la cisterna del monasterio, con bóveda de cañón y paredes revestidas de un fino estucado rojo, que almacenaba las aguas de lluvia procedentes de la cubierta, recogidas por canalillos subterráneos que desde las esquinas del patio confluían a un colector central con aliviadero para casos de aporte excesivo. Dicho aliviadero conectaba por un canal subterráneo con la parte inferior del patio para desde aquí desaguar en la zona E del edificio.

Como ya hemos comentado anteriormente, el ala oriental del edificio presenta, por su construcción en ladera, una distribución que difiere del resto del inmueble. Es precisamente esta modalidad de construcción la que hace que no siempre coincidan los niveles de pavimento en todos los espacios. En este extremo oriental encontramos 12 aberturas, acompañadas de otros huecos de similares dimensiones que podrían funcionar como alacenas, relacionadas con otras tantas estancias. En una planta superior, este número de aberturas se repite lo que, junto a su excelente orientación, nos hace plantearnos su vinculación con las celdas de los monjes.

Fachada oriental del monasterio en la que se aprecian las reformas en las aberturas

 

 

En una reforma posterior se abren nuevos vanos ubicados en la misma verticalidad pero a un nivel inferior, lo que probablemente permitió aumentar el número de plantas a costa de reducir el forjado de la planta inferior destinada a almacén. De estas aberturas destaca la del espacio central, de mayor tamaño, lo que podría reflejar una mayor importancia de la estancia. Sin embargo, se mantendría el número de doce habitaciones, marcados no solo por los huecos de las ventanas, sino también por los arcos fajones de la planta inferior que ahora son cegados parcialmente y utilizados como tabique de compartimentación.

 

Materiales

Los materiales recuperados en los trabajos arqueológicos desarrollados en las diferentes campañas aportan un variado conjunto de piezas. A nivel cerámico, los recipientes documentados proporcionan una cronología que abarca todo el periodo de funcionamiento del monasterio desde el siglo XVI, con piezas que podemos considerar residuales, al siglo XIX (Palomar, Lozano, 2008, p. 142).

Es importante señalar la presencia indistinta de estos materiales en la totalidad de los sondeos realizados (cerámica de cocina, cazuelas, lebrillos, ollas, cántaros, vajilla de mesa…), independientemente de la función asignada a cada uno de los espacios, lo que refleja la extraordinaria fragmentación y dispersión de los mismos ocasionada por la destrucción sistemática de las estructuras y el desplazamiento de los rellenos a lo largo de los años.

Al producirse un abandonado pacífico del monasterio, los restos que quedaron fueron aquellas piezas rotas o recipientes que carecían de utilidad. A ello hay que unir que en los años posteriores al abandono se produciría un expolio generalizado hasta su derribo definitivo. Pese a estos condicionantes, resulta interesante el hallazgo de un conjunto de fragmentos cerámicos que se encontraron arrojados en el corredor de acceso a las caballerizas, previamente cegado, como parte de material desechado y que forman un interesante conjunto del último cuarto del siglo XVIII y principios del XIX. Aunque encontramos piezas de todos los grupos cerámicos (tinajas, cántaros, cazuelas, ollas…), las que más destacan corresponden a la vajilla de mesa.

Conjunto cerámico recuperado en las excavaciones fechados entre finales del siglo XVIII y primer tercio del XIX

 

 

 

Diversas piezas recuperadas en las excavaciones y que reflejan materiales de diferentes periodos desde el la segunda mitad del siglo XVII hasta el primer tercio del siglo XIX

 

 

Entre los materiales estudiados, el plato es el tipo más abundante con gran cantidad de piezas de Alcora con decoración polícroma bajo cubierta estannífera. Se trata de platos que en ocasiones alcanzan diámetros de 30 cm. y con labios lobulados o en ala. Entre los motivos decorativos encontramos elementos zoomorfos y fitomorfos. La cronología de estas piezas se centra entre 1775 y 1800. Junto a ellas nos encontramos con piezas aragonesas decoradas en azul bajo cubierta estannífera y con motivos fitomorfos, con una cronología del siglo XVIII. Otras piezas con esta misma decoración en azul se datan entre 1780-1800.

Entre las cerámicas valencianas, que podríamos adscribir a los talleres de Manises y Paterna, se encuentran varios platos de loza azul datados en el siglo XVI, y otras piezas que combinan el azul en la cara externa con decoración en dorado por el exterior, fechada en la segunda mitad del siglo XVII. De estos mismos talleres valencianos tenemos varios ejemplares de platos con reflejo metálico que presentan semicírculos concéntricos en la cara interna y espirales por el exterior. La cronología de este tipo se centra en la segunda mitad del siglo XVII, aunque otras piezas con reflejo metálico halladas se retraen a la primera mitad del siglo.

Por último, dentro del tipo de los platos ha sido recuperada de manera muy abundante la producción conocida como taché noir. Se trata de un plato con labio en ala y base plana vidriado en melado por ambas caras y con gruesos trazos en manganeso por la parte interna que desde la parte central salen en forma de estrella. De esta producción también hemos hallado una tapadera. La cronología, en nuestro caso, la podemos acotar entre 1780 y 1835 por el abandono del monasterio.

Otros tipos representados en el conjunto cerámico hallado en la excavación son la taza con decoración de la serie Palmito de Alcora, el cuenco y el jarro. La cronología de estas piezas se centra entre 1775-1800, en línea con el resto del conjunto descrito. Algunas piezas han podido recomponerse en gran parte formando un interesante conjunto representativo de la etapa final de uso del monasterio, en el que también encontramos piezas de cronología anterior que se mantendrían en uso.

Importantes son también los restos arquitectónicos recuperados, que formarían parte de la decoración en puertas, ventanas, cubiertas y otros espacios de las estancias interiores del monasterio. Es curioso el hecho de que todos ellos están realizados en yeso, probablemente debido a las dificultades económicas que tuvo que afrontar el monasterio tras su fundación, que no habrían permitido la utilización de materiales más nobles. Algunos de estos restos han sido localizados formando parte de los rellenos excavados, en ocasiones en áreas que debemos suponer muy alejadas de su emplazamiento original.

 Clave de bóveda conservando la policromía original con la representación de la roseta gótica recuperada entre los rellenos.

 

Entre las piezas recuperadas más interesantes destacan cinco claves de bóveda realizadas en yeso representando la roseta gótica en una doble flor de seis pétalos, que conservan en algunos casos la decoración pictórica en rojo para el círculo exterior y amarillo para los pétalos de la flor. Otras piezas recuperadas en las excavaciones corresponden a fragmentos de pilastras, restos de tracería, ménsulas y algunos fragmentos de pintura mural, así como algunas molduras con semicolumnas que formarían parte de las jambas de las puertas, algunas de gran tamaño, lo que denota la importancia de las estancias a las que darían acceso. Junto a ellas se recuperaron algunos fragmentos de una puerta conopial, así como la basa octogonal de una pilastra con molduras semicirculares.

Entre los materiales de construcción que formaban parte de los rellenos excavados, encontramos ladrillos macizos con vidriado blanco o azul que están vinculados a tejas con esta misma decoración. Este tipo de material es propio de las cubiertas de alguna cúpula perteneciente a la iglesia o a alguna capilla.

En cuanto a la azulejería, además de esta misma dispersión de fragmentos, hemos podido constatar su casi total desaparición “in situ” en los sondeos realizados, siendo muy escasa incluso entre los escombros. Esta situación confirma el levantamiento sistemático de los pavimentos llevado a cabo en la etapa inmediata a la exclaustración para su utilización en otras edificaciones. En cualquier caso, los restos recuperados, así como las marcas conservadas en el mortero de preparación de los suelos, reflejan la utilización mayoritaria de ladrillos bizcochados al menos en las dependencias de las plantas inferiores.

Podemos suponer que la planta superior, en la que se situaban las dependencias nobles del edificio, estaría dotada de mayor ornamentación correspondiendo a ellas los escasos restos de azulejos decorados recuperados entre los escombros. La cronología de estos azulejos remite a lo señalado anteriormente para el conjunto de materiales cerámicos, destacando la existencia de un único azulejo decorado en azul cobalto representado la flor gótica o “Flor del Pensamiento” (presente en varios edificios góticos de la comarca como la Cartuja de Vall de Cristo o el Castillo de Segorbe) datable en la segunda mitad del siglo XV, así como otros policromos adscribibles a los siglos XVII y XVIII. También encontramos ejemplares del tipo mitalat decorado en verde, otro tipo con decoración en azul y amarillo bajo cubierta estannífera de finales del siglo XVI, y ejemplares policromos valencianos del siglo XVIII.

Mención especial merece el hallazgo de un fragmento de inscripción romana que habría sido reutilizada para la construcción del umbral del portal principal. Esta pieza ya fue objeto de un estudio pormenorizado, al que remitimos para una información más extensa (Arasa; Palomar, 1991).

Otros materiales que debieron ser objeto de un reaprovechamiento posterior, dada su ausencia en el registro arqueológico, son las vigas de madera que debían formar parte de la techumbre en los pisos superiores, en línea también con el reaprovechamiento de sillares observado en las esquinas del inmueble y la escasa presencia de piedras entre los potentes rellenos excavados. Por otro lado, destaca el alto nivel de sedimento formado por tierra rojiza de textura arcillosa que difícilmente puede proceder del abandono natural. Su presencia podría relacionarse con aportes externos para nivelar y ajardinar el espacio.

Desde el punto de vista artístico podemos deducir que, tal y como se desprende de las fuentes históricas consultadas, la ejecución de las obras del Monasterio se prolongaron durante un largo periodo de tiempo de forma que, aunque el proyecto se concibió inicialmente en un gótico final (reflejado en algunos de los elementos recuperados en las excavaciones como la clave de un arco conopial, los fragmentos de tracería, las ménsulas, etc.), con el paso de los años se incorporaron otras fórmulas de lenguaje renacentista e incluso barroco. La continua transformación de las estructuras, perfectamente visible en la diversidad de los materiales utilizados, y el resto de evidencias estructurales, confirman que se llevaron a término numerosas adaptaciones y reformas a lo largo de los 300 años de historia del Monasterio configurando un edificio realmente singular cuya valoración definitiva aun está por realizar.

 

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